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-¿Ciego
de
nacimiento?-dijo
Golfín
con
vivo
interés
que
no
era
sólo
inspirado
por
la
compasión.
-Sí,
señor,
de
nacimiento-repuso
el
ciego
con
naturalidad.
No
conozco
el
mundo
más
que
por
el
pensamiento,
el
tacto
y
el
oído.
He
podido
comprender
que
la
parte
más
maravillosa
del
universo
es
esa
que
me
está
vedada.
Yo
sé
que
los
ojos
de
los
demás
no
son
como
estos
míos,
sino
que
por
sí
conocen
las
cosas;
pero
este
don
me
parece
tan
extraordinario,
que
ni
siquiera
comprendo
la
posibilidad
de
poseerlo.
-Quién
sabe...-manifestó
Teodoro-¿pero
qué
es
esto
que
veo,
amigo
mío,
qué
sorprendente
espectáculo
es
este?
El
viajero,
que
había
andado
algunos
pasos
junto
a
su
guía,
se
detuvo
asombrado
de
la
fantástica
perspectiva
que
se
ofrecía
ante
sus
ojos.
Hallábase
en
un
lugar
hondo,
semejante
al
cráter
de
un
volcán,
de
suelo
irregular,
de
paredes
más
irregulares
aún.
En
los
bordes
y
en
el
centro
de
la
enorme
caldera,
cuya
magnitud
era
aumentada
por
el
engañoso
claro-oscuro
de
la
noche,
se
elevaban
figuras
colosales,
hombres
disformes,
monstruos
volcados
y
patas
arriba,
brazos
inmensos
desperezándose,
pies
truncados,
desparramadas
figuras
semejantes
a
las
que
forma
el
caprichoso
andar
de
las
nubes
en
el
cielo;
pero
quietas,
inmobles,
endurecidas.
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