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Se
puso
el
sol.
Tras
el
breve
crepúsculo
vino
tranquila
y
oscura
la
noche,
en
cuyo
negro
seno
murieron
poco
a
poco
los
últimos
rumores
de
la
tierra
soñolienta,
y
el
viajero
siguió
adelante
en
su
camino,
apresurando
su
paso
a
medida
que
avanzaba
la
noche.
Iba
por
angosta
vereda,
de
esas
que
sobre
el
césped
traza
el
constante
pisar
de
hombres
y
brutos,
y
subía
sin
cansancio
por
un
cerro
en
cuyas
vertientes
se
alzaban
pintorescos
grupos
de
guinderos,
hayas
y
robles.
(Ya
se
ve
que
estamos
en
el
Norte
de
España.)
Era
un
hombre
de
mediana
edad,
de
complexión
recia,
buena
talla,
ancho
de
espaldas,
resuelto
de
ademanes,
firme
de
andadura,
basto
de
facciones,
de
mirar
osado
y
vivo,
ligero
a
pesar
de
su
regular
obesidad,
y
(dígase
de
una
vez
aunque
sea
prematuro)
excelente
persona
por
doquiera
que
se
le
mirara.
Vestía
el
traje
propio
de
los
señores
acomodados
que
viajan
en
verano,
con
el
redondo
sombrerete,
que
debe
a
su
fealdad
el
nombre
de
hongo,
gemelos
de
campo
pendientes
de
una
correa,
y
grueso
bastón
que,
entre
paso
y
paso,
le
servía
para
apalear
las
zarzas
cuando
extendían
sus
ramas
llenas
de
afiladas
uñas
para
atraparle
la
ropa.
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