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Estaba
la
señorita
de
pueblo
muy
gozosa
en
medio
de
las
risueñas
praderas
sin
la
enojosa
traba
de
las
pragmáticas
sociales
de
su
señor
padre,
y
así,
en
cuanto
se
vio
a
regular
distancia
de
la
casa,
empezó
a
correr
alegremente
y
a
suspenderse
de
las
ramas
de
los
árboles
que
a
su
alcance
estaban,
para
balancearse
ligeramente
en
ellas.
Tocaba
con
las
yemas
de
sus
dedos
las
moras
silvestres,
y
cuando
las
hallaba
maduras
cogía
tres,
una
para
cada
boca.
-Esta
para
ti,
primito-decía
poniéndosela
en
la
boca-y
esta
para
ti,
Nela.
Dejaré
para
mí
la
más
chica.
Al
ver
cruzar
los
pájaros
a
su
lado
no
podía
resistir
movimientos
semejantes
a
una
graciosa
pretensión
de
volar,
y
decía:
"¿A
dónde
irán
ahora
esos
bribones?"
De
todos
los
robles
cogía
una
rama
y
abriendo
la
bellota
para
ver
lo
que
había
dentro,
la
mordía,
y
al
sentir
su
amargor,
arrojábala
lejos.
Un
botánico
atacado
del
delirio
de
las
clasificaciones
no
hubiera
coleccionado
con
tanto
afán
como
ella
todas
las
flores
bonitas
que
le
salían
al
paso,
dándole
la
bienvenida
desde
el
suelo
con
sus
carillas
de
fiesta.
Con
lo
recolectado
en
media
hora
adornó
todos
los
ojales
de
la
americana
de
su
primo,
los
cabellos
de
la
Nela,
y
por
último,
sus
propios
cabellos.
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